El juicio final

Iban a llamar a la parte acusada, pero desistieron al darse cuenta que se trataba de un delito en el que no había cuerpo ni arma homicida.

Es más, al buscar la declaración de la familia se dieron cuenta que tampoco había registros de esta, ni de la presunta víctima, ni registros de ADN.

Fue así como el caso de Jesús de Chamberí Díaz contra Federico W. Nietzsche se cerró poco después de haber sido abierto por falta de pruebas.

El juez encargado aprovechó la corta jornada de ese día para asistir a la homilía y darle gracias al altísimo por su buen juicio.

Dios ha muerto. Llamen al forense

Hay quien dice que fue por causas naturales, ahogado por su propia ira, o por su propia compasión.

Hay quien dice que homo sapiens lo mató, y él no pudo defenderse.

Hay quien dice que como Dios es todopoderoso murió de ambas muertes a la vez, y eso fue bueno.

La verdad, sin embargo, es más simple. Sucede que a Dios lo hicieron tan frágil que un día simplemente se cayó y se rompió en mil pedazos. El por qué se cayó no está claro aún, pero es irrelevante, quizá algún serafín moquiento lo tumbó por descuido al pasar junto a él con su canasta de empanadas.

Nos dejó, eso sí, una gran enseñanza: Para Dios, la eternidad no alcanza siquiera los diez mil años.

Miopiáceo obnubilado

Habían pasado ya varios años desde que eso a lo cual llaman alumbramiento le arrojó al mundo y le dejó con el porvenir en sus manos.

Hoy los recuerdos se le presentan borrosos, miopiáceos, como si algo los estuviera difuminando u ocultando… Pero no logra dilucidar de qué se trata, y tampoco le da mucha importancia.

Desde su punto de vista el mundo se mueve a su alrededor, el éxito ha construido todos esos caminos que convergen en sus intereses.

En su vecindario es incapaz de observar al mocoso que pasa vendiendo empanadas y el cual le esquiva, manteniéndose lejos por temor a tropezar con la enorme jaula que encierra ese frágil ego al que no quiere romper por temor a que se lo puedan cobrar. Y qué lata perder las ganancias de un día, piensa.

Desvencijo

Medido en el tiempo estándar cronometrado por el consenso científico, fue solo un segundo, pero para esos ojos cansados el instante se alargó mucho más allá. Miró la monótona imagen, una simple caída, un evento que, por lo general, no llamaría la atención de nadie con el menor entendimiento empírico de las leyes de la gravedad, pero por alguna razón este era especial.

Luego de la corta travesía, que a su percepción pasó como un meditado viaje hacia el desastre, vio a su dignidad darse contra el suelo y saltar en multitud de añicos, esparcida sin gracia ni elegancia por los alrededores.

Después de un resignado suspiro, no le quedó otra opción más que asentir.

El relato

La mañana no le ofreció consuelo. Abrió los ojos y ese ardor insesante e insoportable aún estaba allí. Un dolor causado cuando la realidad le quemaba la retina de su consciencia. Sabía que al sumergirse en una nueva jornada, más que distraerse con las labores cotidianas, desgastaría más su voluntad, acercándose de manera peligrosa a ese punto de no retorno, a ese punto en el que ya no tendría salvación, a ese momento en el que olvidaría por qué recordaba y se afanaría, sin más, en ser otra línea del relato que ahora intentaba cambiar.