El más allá

Son las 40 años de la mañana, el día está un poco naranja y huele a idea preconcebida. Me acerco al lugar común, pero decido orbitarlo sin entrar en su campo gravitatorio, aunque me doy cuenta que en este universo literario siempre estoy bajo la influencia de algún cuerpo cósmico con una alta masa de lugar común. Me deprimo por unos nanosegundos, luego encuentro de nuevo mi motivación en el hecho de que lo importante no es bajo qué campo gravitatorio me muevo, sino cómo orbito entre ellos, o en ellos.

Me deprimo por unos nanosegundos de nuevo al sentir que me ahogo en un arranque existencial, pues el que orbite alrededor de campos gravitatorios se convierte en una sentencia de irrelevancia a la luz de los problemas que la humanidad ha tenido con el problema de los tres cuerpos.

A riesgo de caer en la banda de moebius de la nostalgia tiro mi existencialismo al suelo y me subo en él para descubrir lo que hay más allá de los límites de la razón. Pero al dirigir mi vista hacia ese horizonte con la esperanza de descubrir maravillas imaginadas me veo mortalmente invadido por la información.

A punto de perecer me digo: Era obvio ¿Qué otra cosa podía haber al otro lado del muro?