El Mara Donna

Sería un día del mes de noviembre del año 2020, la verdad no lo recuerdo con claridad. Probablemente desayuné huevos con aguacate (o palta), chocolate con leche espumada y alguna salpicadura de tomate. Me pareció advertir que murió alguien de la farándula futbolera, uno de esos ídolos a los que se sigue cuando uno anda falto de vida propia, pero el repentino flujo de la yema del huevo, cocinado al mejor estilo chileno, suave por dentro y desnaturalizado por fuera, me distrajo de futilerías y me dediqué a la significativa labor de mirar a la sociedad de ardillas más allá de mis viandas, allí donde la vista recién pasa la ventana y se encuentra con los rugosos troncos estriados por consecutivos inviernos.

Me importa un huevo, dicen en España, pero no estoy de acuerdo, en mi mundo, mi desayuno ovolácteo chocolatoso importa mucho más que la Mara Donna, o el Mara Donna.

El juicio final

Iban a llamar a la parte acusada, pero desistieron al darse cuenta que se trataba de un delito en el que no había cuerpo ni arma homicida.

Es más, al buscar la declaración de la familia se dieron cuenta que tampoco había registros de esta, ni de la presunta víctima, ni registros de ADN.

Fue así como el caso de Jesús de Chamberí Díaz contra Federico W. Nietzsche se cerró poco después de haber sido abierto por falta de pruebas.

El juez encargado aprovechó la corta jornada de ese día para asistir a la homilía y darle gracias al altísimo por su buen juicio.

Dios ha muerto. Llamen al forense

Hay quien dice que fue por causas naturales, ahogado por su propia ira, o por su propia compasión.

Hay quien dice que homo sapiens lo mató, y él no pudo defenderse.

Hay quien dice que como Dios es todopoderoso murió de ambas muertes a la vez, y eso fue bueno.

La verdad, sin embargo, es más simple. Sucede que a Dios lo hicieron tan frágil que un día simplemente se cayó y se rompió en mil pedazos. El por qué se cayó no está claro aún, pero es irrelevante, quizá algún serafín moquiento lo tumbó por descuido al pasar junto a él con su canasta de empanadas.

Nos dejó, eso sí, una gran enseñanza: Para Dios, la eternidad no alcanza siquiera los diez mil años.